martes, 29 de julio de 2008

Los motivos del mar

Hace tiempo Robinson planeó su partida de esta isla desierta construyendo una balsa. Tomó todo lo que tenia a la mano y que pudiera flotar, algunos restos del naufragio, media docena de troncos castigados por los relámpagos de la ultima tormenta, los restos de su fe, que como todos saben es requisito fundamental que flote ante cualquier mar embravecido, un par de sueños y algunos trozos de tela que tiempo atrás fueron camisas. Construyo su balsa de retazos y esperó, esperó por largo tiempo a que las corrientes que llegan hasta su isla fueran favorables. Esperó a que el viento soplara hacia la dirección en la cual él creía encontraría tierra firme. Esperó a que la cicatriz en su mano izquierda sanara. Esperó a que terminaran los días de tormenta.


Mas los días de tormenta nunca terminan, sobre todo cuando en el cielo se encuentran un par de nubes repletas de lluvia y otras repletas de dudas. La cicatriz en su mano solo sanó parcialmente ya que esa cicatriz se volvía a abrir cada noche al recordar los versos que nunca dijo y que por mucho tiempo pretendió olvidar. Nunca supo si el viento soplaba realmente hacia tierra firme. Solo las corrientes que llegaban hasta su isla resultaban ser el único punto de referencia favorable, así como en otro tiempo, en otra vida mas clara, plena de ilusiones y carente de naufragios, los labios, el aroma a fresa y el sudor a dos cuerpos resultaba ser la única referencia posible. Y recordando los olores y sabores de aquellos días Robinson se decidió, no quiso esperar mas y una a una fue colocando sus pocas pertenencias en la balsa. Un par de libros salvados del naufragio, una caracola que al colocarla en su oído le repetía los nombres de las cosas que ya había olvidado, tres cocos tiernos, verdes embajadores de esta isla y una colección de noches guardadas en su memoria, colección que siempre le habían servido de chaleco salvavidas aun desde antes de naufragar.

Cuando todo estuvo listo, después de meses de espera, cuando todo lo que poseía estaba en su balsa, Robinson la empujó hacia el mar. Solo bastaron unos minutos para que la corriente comenzara a alejar poco a poco la balsa de la isla. Robinson observaba con los ojos llenos de lagrimas, con su media sonrisa de lado apagada por un momento, con sus manos encallecidas, endurecidas al igual que su mirada, con sus pies cada día mas blancos, con su barba llena de canas, observaba desde la playa la balsa que se alejaba llevándose sus ultimas pertenencias, entregándole al mar, a la esperanza de salvación, sus últimos recuerdos. Había ofrendado todo lo que fue, su pasado, sus noches, sus manos, los trozos de piel que se dejó en las habitaciones ajenas, en las noches para el olvido, en las barras de los bares, Entregó como ofrenda los besos que nunca dio, las caricias que nunca lograron estremecer a su destinataria, las palabras que siempre guardó para el mejor momento, momento que nunca llegaría. Entregó al mar los restos de su apego, los temblores a plazos fijos, las definiciones y los diccionarios, las madrugadas y todos sus caminos andados, entregó todo lo que él creía formaba su pasado, todo lo había ofrendado al mar.

¿Y porque? se preguntará usted, ¿Por qué Robinson decidió permanecer en su isla aun cuando la salvación resultaba posible?. Bien, meses atrás mientras terminaba la construcción de la balsa, Robinson recordó el motivo de su soledad, el motivo de todos sus naufragios, el motivo de sus ausencias… recordó que él, naufrago en su isla desierta, amante sin balcón, ave de paso en hoteles de carreteras olvidadas, ilusionista que siempre pierde el conejo en el sombrero, él, nunca mas seria capaz de caminar entre los hombres, de leer los gestos tras los cristales, de saborear el café tibio de las mañanas, de tomar la mano de aquellas que la esconden tras un gesto adusto, de compartir una cama de madrugada… nunca mas desde que el mar, su confidente, su punto de partida y de llegada, su hogar en las noches que la ansiedad le ahogaba, su final del camino con banca de cemento incluida, nunca mas desde que una noche mientras Robinson navegaba buscando aquella mujer promesa, aquella mujer nube, cometió el grave, imperdonable error de decir el nombre de ella y olvidar el nombre del mar, darle la espalda y por un momento pensar que nada resultaba mas grande, mas infinito que el dulce nombre de ella dicho en voz baja, dicho en un susurro para que el viento no se lo lleve. Mas, el mar siempre escucha con sus oídos de caracola. Grave error, imperdonable error. Desde aquella noche el mar celoso desató su furia contra Robinson, lo hizo naufragar, lo trajo hasta esta isla, lo rodeo con sus brazos de espuma.

Mas, algún día, el mar escuchará como alguna mujer, de pie y sola ante otra playa, en otra tarde, nombrará a Robinson, deseará que este aparezca para curar la herida de su mano izquierda, para llevarle a su casa, para prepararle el café, para despertarle solo vestida con un beso por la mañana. El mar lo sabe, cuando ese día llegue, cuando esa mujer lo nombre, él levantara el castigo y cuando suceda Robinson no necesitará de balsas o noches-salvavidas. Solo entonces dejará de ser un naufrago, solo entonces dejará de ser un solo. Mientras tanto, Robinson deberá seguir arrojando sus botellas al mar con la secreta esperanza de que aquella mujer las encuentre en la playa y al nombrarle, al buscarle, al necesitarle, dejen de ser un par de solos.

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