domingo, 27 de julio de 2008

Alguna vez


Aquel amanecer de una noche de tormenta Robinson le habló al mar. No a este mar de esta isla. Con él es imposible sostener una conversación medianamente cuerda, claro, si a quien habla con el mar de madrugada puede no llamarasele insensato. No, el mar al cual Robinson le hablaba es otro. Un mar de tierras lejanas, mar espuma y no de rabia, mar confidente y testigo, mar espejo y recipiente.

A ese mar él le contó alguna vez sus anhelos. El solo deseaba cuestiones simples, lo común, lo igual. Le contó sobre las manos entrelazadas, le habló de los ojos que buscan, los nervios de las piernas que se tensan de cansancio como cuerdas de violín a punto de romperse, los anteojos empañados y no de frío. Le habló sobre los internos manantiales y los ríos, sobre las nubes que se amotinan y desaparecen antes de mojar la piel. Le contó sobre algunas mujeres en general y sobre una en particular. Al llegar a este punto en el dialogo, Robinson comenzó a estremecerse. El sabia que en el momento que dijera hechos, datos y cifras, todos aquellos motivos de fondo en su vida se tornarían reales. Su estremecimiento comenzó en la parte baja de sus sueños, ascendiendo lentamente llegó hasta su ombligo y de ahí, como raíces en árbol sediento, continuo el estremecimiento ascendiendo hasta alcanzar su pecho, sus brazos y su valor, convertirse en un nudo en la garganta de palabras añejas y gastadas de tanto manosearlas. Robinson por fin comprendió que él resultaba ser su único verdugo, juez y parte, sentencia y celador, todo en uno. Y en ese momento, antes de que cayera la primer gota de lluvia, reconoció cada una de sus incapacidades, cada una de sus limitaciones, cada uno de sus deseos aun no realizados, deseos que hasta el momento han resultado ser solo sombras de intención y nada mas. Tal vez aquellos que conocieron a Robinson antes de partir rumbo al mar y a su naufragio lo consideraban poco mas que un personaje y menos que un cobarde.

Mas no es que Robinson fuera un cobarde como siempre aparentó, aun cuando buscaba cualquier oportunidad para liarse a golpes con el primero que le diera algún motivo. No, la aparente cobardía de Robinson parecía mas sutil, menos obvia. Quienes llegaban a conocerlo mas allá de su barba y sus silencios, tarde o temprano comenzaban a creer que él poseía en mayor o menor grado un nivel de cobardía ante la vida, la derogación de silencios y los adjetivos cariñosos y complices. En otras palabras, creían que Robinson tenia miedo al compromiso real y permanente.
Sin embargo él siempre estuvo convencido de que no era así, ya que lo único que él siempre buscó fue precisamente eso, el compromiso final, el camino compartido por un solo y una sola, por un par de semejantes coincidentes. Siempre buscó a aquella mujer que caminara a su lado, nunca atras, nunca adelante, siempre a su lado. Sin embargo él ya había agotado desde hace mucho tiempo la cuota que cualquier hombre puede resistir en una vida, esa cuota de "eres muy lindo, pero no", "no lo se", "olvidalo, nunca sera" y "gracias por ser mi amigo". Y fue precisamente ese agotamiento, ese manto gris y ceñido al cuerpo, lo que para nuestro naufrago resultó en periodos cada vez de mayor silencio. Aun cuando estuviera a unos cuantos centímetros de la mujer por siempre amada, el nunca llegó a tocarle una sola uña, un solo cabello, una sola intención, mas allá del breve contacto físico al azar. Y menos aun después de que ella lanzó hacia la mesa la carta del mejor amigo.
Robinson conocía muy bien esa carta, sabia que el paso inmediato resultaría en limitar el contacto físico al azar lo mas posible, sabia que después comenzarían a surgir "compromisos inevitables" para evitar las citas con él, sabia que la aridez se trasladaría del desierto a las pocas ocasiones en las que ella le otorgara un poco de su tiempo, tiempo que cada vez se vería mas reducido por el pretexto de otros pendientes hasta que al final, una noche cualquiera, Robinson se encontraría recorriendo, una vez mas, en solitario cada uno de los lugares en los que estuvieron, rememorando cada una de las conversaciones en tiempos mas claros. El sabia que al llegar ese momento comenzaria una vez a preguntarse el porque siempre termina frente al mar preguntándole el porque. Todo esto Robinson lo sabia, para él ya resultaba una historia conocida, que el decir "mejor amigo" es igual a decir "inicia mi adiós en porciones" o "guarda tus recuerdos, porque al final solo eso te quedará". Robinson lo sabia... y también el mar, ese mar de tierras lejanas, ese mar que no es este.

Y fue así como aquel amanecer de hace tantos años, Robinson comenzó una vez mas a cantar en voz baja para no despertar a sus fantasmas que dormían. Igual que cada mañana desde que naufragó en esta isla.

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