martes, 19 de agosto de 2008

Hoy necesito decirte que...


Necesito tomar tu mano ... toma mi mano.

Necesito abrazarte ... no me sueltes.

Necesito palabras al oido, risas al oido.

Necesito complicidad ... simplicidad.

Necesito noches compartidas ... mañanas a tu lado.

Necesito rodearte con mis brazos ... reir juntos.

Necesito esperanza y fe.

Necesito estar a tu lado al atardecer.

Necesito ojos que ven ... corazón que siente.

Necesito tu respiración a mi lado al dormir.

Necesito el aroma que anuncia tu presencia.

Necesito dejarme ir ... aprender a llegar.

Necesito labios que no racionen los besos.

Necesito motivos, sueños, caminos compartidos.

Necesito amor... amame.

Tal vez no lo entiendas ... mas necesito salvarme del silencio.

No guardarlo mas ... necesíto decirtelo hoy.

Llamarte ... buscarte ... hablarte ... escucharte ... hoy.

sábado, 2 de agosto de 2008

Segunda botella al mar




¿Dónde quedaron aquellos días de sol y risas?
¿Dónde la ternura y sus racimos?
¿Dónde los silencios a dos voces?
¿Dónde mis manos, tus labios, mis latidos?

Te pregunto ¿dónde?, por que aquí no están
Aquí habita el olvido y sus desvelos
La razón se burla de mi deseo cuando van
Las gaviotas graznando su desconsuelo.

Tal vez los he dejado
Sobre la blanca silla de la estancia
En la sala del cine, dentro de algún vaso
En las calles olvidadas de la memoria
Con bugambilias que recuerdan nuestros pasos.

Ahí quedaron las noches de aclaratorias
Las avenidas en diagonal atravesadas
Las palabras que nunca dije, esa mirada
Que por intensa fue mal interpretada.

Esa mirada pretendía guardar cada parte de ti
Nunca meter en un cajón juicios, enojos o lejanías
Quise guardar tu sonrisa, tus horas, tus palabras
El tacto de tu piel, tu aroma, tus madrugadas.

En ese cajón fui acomodando, siempre metódico
Tu cuello erguido, la diadema entre tu pelo
Las líneas de tus ojos, el color de tus labios
Tu voz que me salva de mi letargo.

Aun quedaba espacio en el cajón y quise guardar
El horizonte de tus hombros que parecían
Soportar todo el peso del mundo mientras deseaba
Dejar un beso en ellos para aliviar cuanto cargaban.

Mas el cajón, ese recipiente de mi mirada
Se negó a guardar los demás centímetros de ti
Es decir, tus brazos que no me abrazaban,
El territorio vedado entre tu cuello y tus pies
Entre tu ombligo y tu espalda.

Por eso aquella mirada fija parecía cansada
Nunca guardó en el cajón todo lo que deseaba
La amistad y el deseo se contradicen
Cuando el amor se niega a emprender la retirada.

Por eso hoy te pregunto
¿Dónde quedaron los días de sol y aquella mirada?
Si los encuentras, si acaso los guardas
Entonces agrega al cajón esta botella al mar
Y no entierres en la arena de tu olvido
Estas palabras.


martes, 29 de julio de 2008

Los motivos del mar

Hace tiempo Robinson planeó su partida de esta isla desierta construyendo una balsa. Tomó todo lo que tenia a la mano y que pudiera flotar, algunos restos del naufragio, media docena de troncos castigados por los relámpagos de la ultima tormenta, los restos de su fe, que como todos saben es requisito fundamental que flote ante cualquier mar embravecido, un par de sueños y algunos trozos de tela que tiempo atrás fueron camisas. Construyo su balsa de retazos y esperó, esperó por largo tiempo a que las corrientes que llegan hasta su isla fueran favorables. Esperó a que el viento soplara hacia la dirección en la cual él creía encontraría tierra firme. Esperó a que la cicatriz en su mano izquierda sanara. Esperó a que terminaran los días de tormenta.


Mas los días de tormenta nunca terminan, sobre todo cuando en el cielo se encuentran un par de nubes repletas de lluvia y otras repletas de dudas. La cicatriz en su mano solo sanó parcialmente ya que esa cicatriz se volvía a abrir cada noche al recordar los versos que nunca dijo y que por mucho tiempo pretendió olvidar. Nunca supo si el viento soplaba realmente hacia tierra firme. Solo las corrientes que llegaban hasta su isla resultaban ser el único punto de referencia favorable, así como en otro tiempo, en otra vida mas clara, plena de ilusiones y carente de naufragios, los labios, el aroma a fresa y el sudor a dos cuerpos resultaba ser la única referencia posible. Y recordando los olores y sabores de aquellos días Robinson se decidió, no quiso esperar mas y una a una fue colocando sus pocas pertenencias en la balsa. Un par de libros salvados del naufragio, una caracola que al colocarla en su oído le repetía los nombres de las cosas que ya había olvidado, tres cocos tiernos, verdes embajadores de esta isla y una colección de noches guardadas en su memoria, colección que siempre le habían servido de chaleco salvavidas aun desde antes de naufragar.

Cuando todo estuvo listo, después de meses de espera, cuando todo lo que poseía estaba en su balsa, Robinson la empujó hacia el mar. Solo bastaron unos minutos para que la corriente comenzara a alejar poco a poco la balsa de la isla. Robinson observaba con los ojos llenos de lagrimas, con su media sonrisa de lado apagada por un momento, con sus manos encallecidas, endurecidas al igual que su mirada, con sus pies cada día mas blancos, con su barba llena de canas, observaba desde la playa la balsa que se alejaba llevándose sus ultimas pertenencias, entregándole al mar, a la esperanza de salvación, sus últimos recuerdos. Había ofrendado todo lo que fue, su pasado, sus noches, sus manos, los trozos de piel que se dejó en las habitaciones ajenas, en las noches para el olvido, en las barras de los bares, Entregó como ofrenda los besos que nunca dio, las caricias que nunca lograron estremecer a su destinataria, las palabras que siempre guardó para el mejor momento, momento que nunca llegaría. Entregó al mar los restos de su apego, los temblores a plazos fijos, las definiciones y los diccionarios, las madrugadas y todos sus caminos andados, entregó todo lo que él creía formaba su pasado, todo lo había ofrendado al mar.

¿Y porque? se preguntará usted, ¿Por qué Robinson decidió permanecer en su isla aun cuando la salvación resultaba posible?. Bien, meses atrás mientras terminaba la construcción de la balsa, Robinson recordó el motivo de su soledad, el motivo de todos sus naufragios, el motivo de sus ausencias… recordó que él, naufrago en su isla desierta, amante sin balcón, ave de paso en hoteles de carreteras olvidadas, ilusionista que siempre pierde el conejo en el sombrero, él, nunca mas seria capaz de caminar entre los hombres, de leer los gestos tras los cristales, de saborear el café tibio de las mañanas, de tomar la mano de aquellas que la esconden tras un gesto adusto, de compartir una cama de madrugada… nunca mas desde que el mar, su confidente, su punto de partida y de llegada, su hogar en las noches que la ansiedad le ahogaba, su final del camino con banca de cemento incluida, nunca mas desde que una noche mientras Robinson navegaba buscando aquella mujer promesa, aquella mujer nube, cometió el grave, imperdonable error de decir el nombre de ella y olvidar el nombre del mar, darle la espalda y por un momento pensar que nada resultaba mas grande, mas infinito que el dulce nombre de ella dicho en voz baja, dicho en un susurro para que el viento no se lo lleve. Mas, el mar siempre escucha con sus oídos de caracola. Grave error, imperdonable error. Desde aquella noche el mar celoso desató su furia contra Robinson, lo hizo naufragar, lo trajo hasta esta isla, lo rodeo con sus brazos de espuma.

Mas, algún día, el mar escuchará como alguna mujer, de pie y sola ante otra playa, en otra tarde, nombrará a Robinson, deseará que este aparezca para curar la herida de su mano izquierda, para llevarle a su casa, para prepararle el café, para despertarle solo vestida con un beso por la mañana. El mar lo sabe, cuando ese día llegue, cuando esa mujer lo nombre, él levantara el castigo y cuando suceda Robinson no necesitará de balsas o noches-salvavidas. Solo entonces dejará de ser un naufrago, solo entonces dejará de ser un solo. Mientras tanto, Robinson deberá seguir arrojando sus botellas al mar con la secreta esperanza de que aquella mujer las encuentre en la playa y al nombrarle, al buscarle, al necesitarle, dejen de ser un par de solos.

domingo, 27 de julio de 2008

Alguna vez


Aquel amanecer de una noche de tormenta Robinson le habló al mar. No a este mar de esta isla. Con él es imposible sostener una conversación medianamente cuerda, claro, si a quien habla con el mar de madrugada puede no llamarasele insensato. No, el mar al cual Robinson le hablaba es otro. Un mar de tierras lejanas, mar espuma y no de rabia, mar confidente y testigo, mar espejo y recipiente.

A ese mar él le contó alguna vez sus anhelos. El solo deseaba cuestiones simples, lo común, lo igual. Le contó sobre las manos entrelazadas, le habló de los ojos que buscan, los nervios de las piernas que se tensan de cansancio como cuerdas de violín a punto de romperse, los anteojos empañados y no de frío. Le habló sobre los internos manantiales y los ríos, sobre las nubes que se amotinan y desaparecen antes de mojar la piel. Le contó sobre algunas mujeres en general y sobre una en particular. Al llegar a este punto en el dialogo, Robinson comenzó a estremecerse. El sabia que en el momento que dijera hechos, datos y cifras, todos aquellos motivos de fondo en su vida se tornarían reales. Su estremecimiento comenzó en la parte baja de sus sueños, ascendiendo lentamente llegó hasta su ombligo y de ahí, como raíces en árbol sediento, continuo el estremecimiento ascendiendo hasta alcanzar su pecho, sus brazos y su valor, convertirse en un nudo en la garganta de palabras añejas y gastadas de tanto manosearlas. Robinson por fin comprendió que él resultaba ser su único verdugo, juez y parte, sentencia y celador, todo en uno. Y en ese momento, antes de que cayera la primer gota de lluvia, reconoció cada una de sus incapacidades, cada una de sus limitaciones, cada uno de sus deseos aun no realizados, deseos que hasta el momento han resultado ser solo sombras de intención y nada mas. Tal vez aquellos que conocieron a Robinson antes de partir rumbo al mar y a su naufragio lo consideraban poco mas que un personaje y menos que un cobarde.

Mas no es que Robinson fuera un cobarde como siempre aparentó, aun cuando buscaba cualquier oportunidad para liarse a golpes con el primero que le diera algún motivo. No, la aparente cobardía de Robinson parecía mas sutil, menos obvia. Quienes llegaban a conocerlo mas allá de su barba y sus silencios, tarde o temprano comenzaban a creer que él poseía en mayor o menor grado un nivel de cobardía ante la vida, la derogación de silencios y los adjetivos cariñosos y complices. En otras palabras, creían que Robinson tenia miedo al compromiso real y permanente.
Sin embargo él siempre estuvo convencido de que no era así, ya que lo único que él siempre buscó fue precisamente eso, el compromiso final, el camino compartido por un solo y una sola, por un par de semejantes coincidentes. Siempre buscó a aquella mujer que caminara a su lado, nunca atras, nunca adelante, siempre a su lado. Sin embargo él ya había agotado desde hace mucho tiempo la cuota que cualquier hombre puede resistir en una vida, esa cuota de "eres muy lindo, pero no", "no lo se", "olvidalo, nunca sera" y "gracias por ser mi amigo". Y fue precisamente ese agotamiento, ese manto gris y ceñido al cuerpo, lo que para nuestro naufrago resultó en periodos cada vez de mayor silencio. Aun cuando estuviera a unos cuantos centímetros de la mujer por siempre amada, el nunca llegó a tocarle una sola uña, un solo cabello, una sola intención, mas allá del breve contacto físico al azar. Y menos aun después de que ella lanzó hacia la mesa la carta del mejor amigo.
Robinson conocía muy bien esa carta, sabia que el paso inmediato resultaría en limitar el contacto físico al azar lo mas posible, sabia que después comenzarían a surgir "compromisos inevitables" para evitar las citas con él, sabia que la aridez se trasladaría del desierto a las pocas ocasiones en las que ella le otorgara un poco de su tiempo, tiempo que cada vez se vería mas reducido por el pretexto de otros pendientes hasta que al final, una noche cualquiera, Robinson se encontraría recorriendo, una vez mas, en solitario cada uno de los lugares en los que estuvieron, rememorando cada una de las conversaciones en tiempos mas claros. El sabia que al llegar ese momento comenzaria una vez a preguntarse el porque siempre termina frente al mar preguntándole el porque. Todo esto Robinson lo sabia, para él ya resultaba una historia conocida, que el decir "mejor amigo" es igual a decir "inicia mi adiós en porciones" o "guarda tus recuerdos, porque al final solo eso te quedará". Robinson lo sabia... y también el mar, ese mar de tierras lejanas, ese mar que no es este.

Y fue así como aquel amanecer de hace tantos años, Robinson comenzó una vez mas a cantar en voz baja para no despertar a sus fantasmas que dormían. Igual que cada mañana desde que naufragó en esta isla.

sábado, 26 de julio de 2008

Botella al mar


Robinson, solo en su isla, decidio lanzar una botella al mar y dentro de ella escribio lo siguiente:


Si, ella tiene razón. Soy parco, demasiado parco. Me escudo tras una serie de poses, también el silencio es una pose. Aun cuando no se si lo que anoche se dijo fue en forma irónica o en tono de reproche. Aun no se si aquel “a ver si acaso nos volvemos a ver” fue dicho en forma de sentencia o como un juego de hastíos mal cuadrados. Sucede que siempre he dado demasiada importancia a las palabras, una importancia desmedida y en ocasiones hasta irracional. Por esa importancia, la palabra, e incluso la ausencia de la misma, se ha convertido en motivo separador, en dedo índice sobre las dos mitades de un mismo mar.

Negar el impacto de esas, nuestras ultimas palabras, es negar a un mismo tiempo el nido de hormigas que desde la primer hora de la mañana planeaba un estado de sitio en el hueco hormiguero de mi estomago. Es negar los dos mil escenarios posibles que me he planteado desde que cerré la puerta del taxi. Es también negar el guiño que hace esa sombra de posibles abismos que desde hace algunos días ha vuelto a aparecer, pequeña sombra en escapada, sombra prófuga de los años intermedios, sombra escurridiza, sombra, en fin, que ha burlado los candados en esta caja de Pandora que es mi boca.

Entre los posibles escenarios se encuentra la ausencia. Mas, ¿acaso se pueda vivir en forma permanente instalado en la ausencia?, ¿acaso sea factible desprenderse en forma total, de piel, necesidad, memoria, presencia, imaginación, fe, historia, necedad?, ¿acaso?... y ¿Qué sucede entonces con el resto?, ¿con lo que queda?, ¿con los pies blancos y las manos sucias?, ¿con el saco vacío y los hombros caídos?, ¿Qué sucede cuando uno, yo, usted, cualquiera, abandona lo que fue durante la mayor parte de su vida el punto de referencia, la vara de medir, el molde nunca igualado?.

Hoy debo volver a empezar, buscar la forma de encerrar esa fantasma de la derrota que siempre me ronda. Resulta paradójico, pensar en el siempre presente sentimiento de perdida, en la ausencia, en el camino vacío, en las manos frías que buscan a tientas en las madrugadas frente al mar, si, resulta paradójico por que antes no he intentado, no he dado ese primer paso. Necesito decir sin pensar cinco, diez veces antes, decir lo que siempre guardo. Decirte que esta mañana, rodeado de rostros desconocidos, entre las mesas simétricas del área de restaurantes, en este centro comercial repleto de manos entrelazadas, de historias que se mezclan, en este breve espacio donde estoy porque necesito de esos rostros, de esos gestos, de las voces ajenas, de las historias que me invento cada vez que veo a algún pareja de desconocidos y a ellas les pongo tu nombre y tu aroma y a ellos les pongo mi voz y mis ansias… decirte que sigo pensando en ti, que las palabras no dichas pesan mas que los comentarios a medias, que reconozco alguna semejanza, un breve destello, casi una brisa, en nuestras diferencias, decirte que este día te necesito a mi lado. Si, en ocasiones soy parco, ella tiene razón.

De esa forma, Robinson busca, de una vez y por todas salir de su isla, encontrar la ruta, esa corriente que lo lleve lejos, que le permita dormir sin despertarse a cada momento con un nombre, con unas historia, con un sabor nuevo entre los labios. A lanzado su primer botella al mar.